Biblioteca Popular José A. Guisasola




Cuando empecé a escribir esta historia no me di cuenta de lo que me iba a pasar. Tal vez porque cuando uno agarra la lapicera y la apunta hacia el papel en blanco para escribir (por ejemplo un cuento), no siempre sabe todo lo que va a contar.

A veces sabe muy poco.

Es más, a veces no sabe nada.

No era éste el caso, de manera que lo que me ocurrió (mejor dicho, lo que me iba a ocurrir a poco de iniciar esta historia) verdaderamente me sorprendió. ¿Cómo iba yo a imaginar –a pensar siquiera– que teniendo las ideas tan claras como las tenía, podía faltarme una palabra? La última, para ser más exactos.

Porque precisamente en el párrafo anterior fue eso lo que descubrí: que me falta la última palabra.

Claro que, como recién estaba llegando a la mitad, no me preocupé demasiado.

Pensé: “se me debe haber escapado”, “ya va a volver”, “las palabras son así”, “van y vienen a su antojo”.

Entonces seguí escribiendo como si nada. Bueno, como si nada grave pasara. Y escribí lo que sigue, al principio con la esperanza de que la última palabra viniera sola y después buscando por todas partes sus posibles escondites.

Intenté empezar de nuevo para ver si la última se me había quedado enganchada con alguna de las primeras palabras. Puse en letra grande: CUANDO EMPECÉ A ESCRIBIR ESTA HISTORIA NO ME DI CUENTA DE LO QUE ME IBA A PASAR. Mejor dicho, de lo que ya me había pasado. Porque miré fijo letra por letra, leí en voz alta para ver si de la punta de la lengua me brotaba algo, y nada.

Entonces me fui al diccionario. De la A a la Z revisé todas las palabras metidas ahí adentro, y por más que algunas me parecieron hermosas –“clepsidra”, por ejemplo– ninguna resultó ser la última palabra de mi cuento.

Ahí nomás entré en pánico. ¿Cómo iba a ser el final? ¿Cómo podría terminarse alguna vez esta historia si su última palabra no estaba? ¿Significaba todo esto que tendría que seguir escribiendo sin pausa, hora tras hora, día tras día hasta que a la última palabra se le diera por aparecer?

Empecé a imaginarme cosas horribles. Que se me acaba la tinta, luego las lapiceras y tenía que pincharme un dedo para seguir escribiendo con sangre. Que se me terminaban los papeles, los cuadernos, las resmas... y tenía que seguir escribiendo en las paredes primero y en las veredas después. Bajo la lluvia o al rayo del sol. Entre las pisadas de la gente que a lo mejor borraba con la suela mis historias.

Fue entonces cuando decidí poner punto final en cualquier parte. Donde quedara mejor. Donde las ideas dijeran “basta”, “hasta aquí llegamos”. Donde los lectores empezaran a bostezar o a poner cara de desesperación. O a dudar sobre si ellos también podrían quedar atrapados adentro de una historia a la que siempre –por los siglos de los siglos– le habría de faltar la última.


FIN


Schujer, Silvia: “La última palabra” en Puros huesos,
Colección Pan Flauta, Sudamericana, Bs.As., 1994.

Sinopsis
¿Qué pasa cuando en la biblioteca el esqueleto tiembla de espanto? ¿Y cuando dos brujas gemelas se pelean hasta el fin? ¿Qué pasa cuando un bicho se come todos los ruidos? ¿Y cuando Morticia Adams le escribe una carta al tío Lucas?
Una de dos: o se muere de miedo o se muere de risa.

Nota de contenido:
El esqueleto de la biblioteca;
Brujas mellizas;
La leyenda del bicho comerruidos;
Querido tío Lucas;
Juegos peligrosos;
La última palabra.

Visto y leído en:
http://laspalabrasysusaventuras.blogspot.com.ar/2014/04/bienvenidos-al-blog-las-palabras-y-sus.html

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