Biblioteca Popular José A. Guisasola



Cuento: El monumento encantado, de Silvia Schujer.


Era verano.

Cuando llegaron a la plaza las máximas autoridades con una corona de flores para rendir homenaje “al luchador incansable”, se encontraron con que el monumento ya estaba así: encantado (encantado de estar como estaba).

-¡Oh no! -dijo el primero de la comitiva señalando el monumento con su dedo índice. Y con mirada inteligente y febril ensayó esta importante declaración: “¡Qué barbaridad!”.

Los ojos de sus acompañantes apuntaron hacia el lugar señalado por el dedo, y las bocas se abrieron sorprendidas al comprobar que: de la punta de la espada del luchador incansable colgaba un toallón, a lunares; su cabeza estaba coronada por un sombrero de paja; las orejas, tapadas por los auriculares de un walkman; y su mano de agarrar la rienda sostenía también un tubo de bronceador.

Al observar además que: las patas delanteras del caballo (del caballo del monumento al luchador incansable) tenían ojotas en vez de herraduras y en el lugar de la montura, un flotador.

Horrorizadas, las máximas autoridades depositaron la corona donde estaba previsto. Pero decidieron de inmediato tomar cartas en el asunto (cartas de truco).

Primero, entonaron el himno. Enojadísimos.

Después, uno leyó un discurso. Aburridísimo.

Y por último, llamaron al guardián de la plaza para que diera explicaciones y el muy bribón se fue al mazo.

En menos de una hora las cámaras de televisión se hicieron presentes en el lugar de los hechos y empezaron a registrar estas imágenes:

1) alrededor del monumento encantado (encantado de conocerlos y de salir en televisión) se hacía un cordón de policías y bomberos que impedían el acceso al luchador incansable montado sobre su caballo;

2) las hamacas, toboganes y trapecios de la plaza estaban totalmente vacíos mientras que chicos y grandes se amontonaban a ver;

3) conforme se acercaba el mediodía, el calor empezaba a volverse insoportable y la fuente del parque apenas tiraba agua para mojar las cabezas de los más chiquitos.

Fue entonces cuando las máximas autoridades decidieron retirarse. Porque, dijo un representante, “más vale huir derrotados pero con la corbata puesta, que frescos pero en musculosa”.

Y fue a partir de ese momento que las horas empezaron a transcurrir sin mayores novedades.

Los periodistas y camarógrafos se tiraron a esperar los acontecimientos en el pasto.

Los curiosos se acomodaron arriba y abajo de los árboles.

El guardián de la plaza se fue a dormir.

Y los policías del cordón, de uno en uno, empezaron a abanicarse con las gorras.

Hasta que llegó el turno de los bomberos.

Conocedores del fuego como sólo ellos lo eran, sintieron que sus mejillas ardían y respondieron a la alarma.

Desenrollaron las mangueras de las autobombas. Estiraron las escaleras todo lo que fue posible. Subieron con las mangueras hasta lo más alto y apuntaron con valor hacia el cielo, dispuestos a apagar el sol.

Un diluvio de agua fresca empezó a caer sobre la plaza inundando la calesita, llenando los baldes, dejando la arena lisa y lista para hacer castillos, provocando una catarata desde el tobogán y salpicando al monumento encantado (encantado de pegarse semejante baño).

Ahí fue cuando las cámaras de televisión volvieron a encenderse y registraron las siguientes imágenes:

1) los bomberos cumpliendo con el deber;
2) los policías llenando sus gorras con agua;
3) los curiosos practicando nataci0n en los charcos;
4) el guardián de la plaza rascándose la cabeza,
5) el luchador incansable riéndose a carcajadas a punto de resbalarse del caballo.

Las cosas siguieron así un buen rato. Hasta que se hizo de noche y, muertos de cansancio, cada cual volvió a su casa.

La plaza quedó hecha un desierto. Completamente vacía.

Vacía y oscura porque las máximas autoridades decidieron no encender los farolitos en señal de castigo por el jolgorio.

El monumento encantado (encantado de que las luces estuvieran apagadas para que no se llenara de bichos) se aflojó un poco de tantas tensiones.

Dio una palmadita a su caballo, le desató el rodete que tenía en la cola y cerró los ojos para dormir. Y es que, aunque cueste creerlo, hasta el luchador más incansable cada tanto necesita vacaciones.


FIN



El monumento encantado, de Silvia Schujer
Ilustraciones de Marcelo Elizalde.
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2001. Colección Pan Flauta. (Desde los 7 años)

"En los barrios siempre hay una plaza.
En la plaza puede haber un monumento.
Aquí hay uno encantado. (Encantado de conocerlos.)
También hay calles difíciles de cruzar, peatones ingeniosos, vecinos con nombres raros, y un lugar que cambia de nombre todos los días..."

(Texto extraído de la contratapa del libro)


1º Fuente consultada: JULIA BOWLAND
2º Fuente consultada: http://maraton.leer.org/Cuentos


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