Biblioteca Popular José A. Guisasola

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Si se la ve solamente de noche...
¿cómo se hace para viajar
a la Luna de día?


Cuento: EN LA LUNA, de Silvia Schujer.


Oliverio tomó asiento.

Sacó lo imprescindible de la mochila y la colocó a su costado.

Oprimió el botón de despegue y sintió que todo su cuerpo comenzaba a elevarse. Lentamente. Lentamente, al principio.

En pocos minutos, los ruidos y las voces conocidas empezaron a bajar el volumen hasta perderse por completo.

Las cosas y las personas fueron disminuyendo su tamaño hasta convertirse en hormigas y, en seguida, desaparecer.

Oliverio abrió la carpeta y anotó: "Despegue sin problemas", "Primer tiempo de vuelo silencioso".

Un rayo de luz calentito y amarillo se coló por la ventana.

Oliverio giró apenas la cabeza y, ante sus ojos, el espacio infinito llenó completamente su atención.

Después de comprobar que no era oscuro, el universo luminoso le permitió divisar los paisajes con lujo de detalles: estrellas apagadas por la luz del día, planetoides blancos alineados sobre un gran espejo verde.

Oliverio anotó en la carpeta: "Las luces del espacio se meten por la ventana", "Algo verde se ve en el frente".

De pronto, el chirrido de una puerta rompió el silencio bruscamente. Antes de reaccionar, Oliverio creyó escuchar un sonido distorsionado diciendo: AQUIESTAELBORRADOR. Una voz lejana metiéndose por alguna ranura de la nave en cámara lenta.

Preocupado, estiró la mano para comprobar que su cápsula estuviera herméticamente cerrada. Y cuando volvió su mirada hacia el frente, una nube de polvo cubría los planetoides blancos. Al cabo de unos segundos, reaparecería la brillante superficie verde del frente.

Oliverio escribió en su carpeta: "Los planetoides desaparecieron tras una nube de polvo".

El tiempo se fue volviendo más lento. Más gelatinoso.

Oliverio apretó el botón para acelerar la velocidad de su viaje y una sucesión de imágenes desfiló ante su vista como los cuadros de una película.

Al principio, una suelta de colores desbordó de sus pantallas de control.

Planetas con forma de manzanas y alfajores fueron quedando atrás a su paso.

Oliverio creyó ver entre el desorden de imágenes otros claros planetoides desparramados sobre el espejo verde del frente.

Atravesando una larga extensión cósmica, reconoció a Esteban y a otros cinco compañeros saludándolo desde el espacio infinito. Caminando por la inmensidad del universo. Perdidos y sonrientes como él.

Hasta que una voz se internó como una aguja en sus oídos.

—¡Oliverio! —sonó metálicamente.

Asustado por el extraño zumbido, Oliverio aumentó la velocidad y por fin pudo divisar la superficie de la luna. Blanca como la leche.

Tan nítidamente la vio ir tomando forma, que, por un momento, tuvo la sensación de que no era él quien se acercaba a la Luna, sino que la luna se arrimaba a él.

—¡Oliverio! ¡Oliverio! —volvió a sonar en la nave como si alguien lo llamara desde adentro.

Decidido a no interrumpir su travesía a pesar del miedo (porque tenía miedo), Oliverio oprimió el botón de llegada urgentemente.

Con cierta emoción comprobó que las rueditas se asomaban por la base de la nave.

—¡Oliverio! —sonó estruendosamente.

Y procedió al alunizaje. Tranquilo, con la suavidad de un bostezo nocturno, para no cometer errores.

Se colocó el casco. Esperó que el motor detuviera su marcha por completo y entonces se puso de pie.

—¡La Luna! —pensó Oliverio-. ¡La Luna!

Y la vio toda de blanco con sus cráteres inconfundible, los banderines, los selenitas y las selenitas haciéndole señas de bienvenida.

—¡Oliverio! —sonó casi al borde de su nariz.

Y Oliverio, maravillado, abrió la puerta y, apenas apoyó un pie sobre la superficie, recibió sorprendido el encuentro.

—¿Me puede decir dónde estaba, señor? —preguntó la maestra.

—En la Luna —respondió Oliverio con toda sinceridad. Y la boca se le quedó un poco abierta. Seguramente por los recuerdos.

—Repita lo que yo estaba explicando —dijo la maestra.

—¿Cómo? —preguntó Oliverio.

—¿Me puede decir dónde estaba "el señor" mientras yo explicaba?

—En la Luna —aseguró Oliverio.

Y entonces la maestra agarró la carpeta y se puso a escribir una nota a los padres.


Cuando Oliverio llegó a su casa, se sentó a comer y...

—¿Qué tal, Oli? ¿Cómo te fue en el colegio? —le preguntó su mamá.

—Me pusieron una mala nota por no prestar atención —respondió.

—¡Pero qué chico! —dijo la mamá—. ¡Siempre en la Luna! —agregó enojada. Pero se quedó dura cuando sin saber ella por qué, Oliverio le dio un beso, un abrazo y le dijo: —No importa mamucha. Por suerte vos me creés.


FIN




Un cuento del libro: Oliverio junta preguntas, de Silvia Schujer. Buenos Aires, Editorial Sudamericana. Colección Pan Flauta.



Oliverio junta preguntas
Silvia Schujer
Editorial Sudamericana, 1989
Colección Pan Flauta.



Contenido:
Oliverio junta preguntas……9
En la luna……13
Algo aquí adentro……21
Sombras chinas……29
Los poderes de la mente……37
Le tiene miedo a las brujas……45
Cuando sea grande……53

Visto y leído en:

CUENTOS PARA CHICOS
CUENTOS INFANTILES Y RECURSOS GRATUITOS PARA NIÑOS HISPANOPARLANTES
http://www.cuentosparachicos.com/ESP/cuentosmodernos/EnLaLuna.htm

Imágenes de: Roxana Aguirre - © Cátedra Wolkowicz . Sistemas de Diseño Gráfico.
http://www.sistemasdg.com.ar/proyectos/295-roxana-aguirre

Biblioteca Digital Julio Cortázar - Schujer Silvia
https://sites.google.com/view/bibliotecajuliocortazar/schujer-silvia


Cuento: "Oliverio junta Preguntas", de Silvia Schujer.


Oliverio coleccionaba preguntas como quien junta figuritas.

Pero con tres diferencias:

1. que no podía comprarlas en los quioscos;
2. que nadie se las cambiaba; y
3. que el álbum no se llenaba jamás.

Sabía que no podía comprarlas en los quioscos porque cada vez que lo intentaba, la quiosquera lo miraba con cara rara, le regalaba un caramelo y le decía "Vaya, m'hijito, nomás".

Había comprobado que nadie se las cambiaría porque cada vez que mostraba una pregunta, le devolvían una respuesta.

Y el álbum no se llenaba jamás porque el lugar donde escribía las preguntas no era un álbum sino un cuaderno de tapas duras.

Pero volvamos al principio.

Oliverio coleccionaba preguntas como quien junta figuritas.

Preguntas de toda clase.

Grandes y chicas como: ¿Te gustaría saber por dónde queda el río por el cual el último barco fenicio pasó antes de que la civilización romana llegara a su fin? O bien: ¿Cómo te va? Fáciles y difíciles como: ¿De qué color era el caballo banco de San Martín? O bien: ¿Cuál es la raíz cuadrada de dos millones ochocientos cincuenta mil uno?

Interesantes y estúpidas como: ¿Por qué si la Luna es más chica, la veo más grande que a cualquier estrella? O bien: ¿Seré el chico más bello del mundo?

Cuando empezó, las únicas que juntaba eran las preguntas que se le ocurrían a él.

Con el tiempo, los amigos se interesaron por ayudar a Oliverio y le regalaron un montón de las suyas.

Preguntas de toda clase.

De mujeres y de varones. Con respuestas o sin respuestas. Aburridas y simpáticas. Dulces y saladas. Con palabras raras y hasta con palabrotas.

Oliverio se cansó de escribir preguntas en su cuaderno. Hasta que un día se le empezaron a repetir.

Venía uno con una pregunta dificilísima y Oliverio decía: "Esta ya la tengo."

Venía otro con una pregunta requetedificilísima y Oliverio decía: "Esta ya la tengo."

Repetida. Repetida. Repetida.

Le venían todas las preguntas repetidas.

Hasta que conoció a María Laura y, de una sola vez, se le ocurrieron diez mil: ¿Quién es esa chica? ¿Cómo se llama? ¿Por qué es tan linda? ¿De qué color tiene los ojos? ¿Le hablo o no le hablo?

No tenía ninguna.

¿Por qué no puedo dejar de mirarla? ¿Cuántos años tiene? ¿A qué escuela va? ¿La invito o no la invito a pasear?

Anotó en su cuaderno sin parar:

¿Por qué usa flequillo? ¿Sabrá patinar? ¿Dónde vive? ¿Le gustaría ir al cine conmigo?

Escribió como cuatro horas seguidas.

Su colección creció de golpe. Llenó de preguntas hasta la última hoja del cuaderno.

Y ya iba a iniciar uno nuevo, cuando de repente... ¡Seguro que se le acabó la tinta!

Salió a la vereda y la encontró.

Lo primero que supo es que se llamaba María Laura y lo demás decidió averiguarlo de a poco.

Pero volvamos al principio.

Oliverio coleccionaba preguntas como quien junta figuritas.

Hasta que un día conoció a María Laura. O se le acabó la tinta. Y desde entonces, sin proponérselo, un nuevo cuaderno se le fue llenando de respuestas.


FIN



Oliverio junta preguntas (Prólogo) Texto extraído, con autorización de la autora y los editores, del libro Oliverio junta preguntas, de Silvia Schujer. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1989. Colección Pan Flauta.

Contenido:
Oliverio junta preguntas……9
En la luna……13
Algo aquí adentro……21
Sombras chinas……29
Los poderes de la mente……37
Le tiene miedo a las brujas……45
Cuando sea grande……53


Visto en:

Revista imaginaria
N° 35 | AUTORES/FICCIONES | 4 de octubre de 2000
http://www.imaginaria.com.ar/03/5/schujer4.htm

Antología porque sí (2º consulta)
http://antologiaporquesi.blogspot.com/2010/12/oliverio-junta-preguntas-silvia-schujer.html
"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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